No comen gato, pero sí conejo: un shock cultural con salsa de ironía

Una ecuatoguineana en España soltó la frase que, si no la comentas con una sonrisa, te delata como extranjero emocionalmente desorientado: “No comen gato, pero sí conejo”. Palabras sencillas, revelación monumental. Como si de un manifiesto gastronómico se tratara, esa línea resume más sobre nuestras contradicciones colectivas que cien debates sobre etiqueta en la mesa.

La sorpresa como brújula cultural

La anécdota no es solo graciosa; es una brújula para orientarnos en el mapa de lo que consideramos comida, mascota o tabú. Para quien llega de Guinea Ecuatorial, donde ciertas fronteras entre lo domesticable y lo comestible pueden trazarse de manera distinta, el hecho de que aquí se sirva conejo en una cazuela o en una paella y que un gato sea sujeto intocable merece, como mínimo, un arqueo de ceja.

La lógica gastronómica española (o la ausencia de una lógica uniforme)

¿Por qué el conejo se acepta con una sonrisa y el gato provoca escándalo? Históricamente en España el consumo de conejo viene de prácticas rurales: caza, cría y una cocina que convirtió la modestia en manjar. El conejo es humilde, versátil y aparece en guisos clásicos; además, su carne nunca fue asociada a la mascota del salón. El gato, por su parte, ganó el estatus de compañero doméstico, icono de ternura felina y protagonista de memes internacionales, algo que lo protege del destino culinario con eficacia sorprendente.

¿Y si le damos la vuelta al razonamiento?

Si analizamos con ojo crítico —y sin respetos excesivos por nuestras propias costumbres— descubrimos que la distinción es arbitraria y llena de eufemismos: llamamos “carne de cerdo” a lo que antes era “del cerdo” pero jamás diríamos “carne de perrito”. Tenemos categorías protectoras para ciertos animales y no para otros, y esto responde menos a la biología y más a la historia, la estética y la narrativa social que nos contamos alrededor de la mesa.

Lo que revela una réplica inesperada

La frase de la ecuatoguineana no solo registra una sorpresa; desenmascara nuestra jerarquía sentimental hacia los animales. Comer conejo no nos hace menos sensibles, y no comer gato no nos convierte automáticamente en moralistas superiores; simplemente nos muestra que las costumbres son construcciones. A veces protectoras, a veces absurdas, siempre relativas.

La perspectiva del inmigrante: una mezcla de confusión y humor

Para quien llega a un país nuevo, cada plato es una clase de antropología aplicada. El supermercado es un museo de etiquetas, la carta del bar un texto sagrado lleno de pistas sobre la identidad colectiva. Esa ecuatoguineana comparte algo más que asombro: comparte observación. Y la observación ajena, expresada con ironía, tiene la virtud de mostrarnos lo que ya no vemos por costumbre.

Adaptarse con una sonrisa y con criterio

La adaptación no es sumisión. Cuando un inmigrante prueba por primera vez el conejo y descubre que el resultado es delicioso, se abre una puerta a la convivencia gastronómica. Es curioso cómo la comida puede ser puente y campo de batalla a la vez: puente porque une sabores; batalla porque obligamos a la razón a justificar lo que antes daba por sentado.

Además, hay que admitirlo: la frase provoca una comedia involuntaria. Imagínese la escena mental —una mesa familiar, un plato humeante, una persona recordando en voz alta que en su tierra no comían gato— y la mesa española respondiendo con una risa nerviosa y un brindis por la diversidad. El humor acorta distancias y desactiva juicios, lo cual no está mal para una sociedad que quiere llamarse acogedora.

¿Qué nos enseña este pequeño choque?

Nos enseña a dudar de la naturalidad de lo que comemos y del sentimiento que invocamos para justificarlo. Nos invita a reconocer que la gastronomía es política, memoria y puro azar. Y, sobre todo, nos recuerda que el respeto intercultural no pasa por imponer etiquetas morales sobre hábitos alimentarios, sino por escuchar las pequeñas revelaciones que los recién llegados traen consigo, como si fueran espejos que nos devuelven versiones desconocidas de nosotros mismos.

Al final, la observación de una mujer ecuatoguineana sobre gatos y conejos actúa como una lupa: agranda nuestras incoherencias con ternura y mala leche. No es necesario decidir quién tiene razón; quizá lo sensato sea aceptar la maravilla de vivir en un lugar donde las costumbres se debaten en la mesa, y donde una frase inesperada puede hacernos reír y pensar al mismo tiempo. Si aprendemos a escuchar más y a juzgar menos, quizás descubramos que la verdadera sorpresa no es qué animales comemos, sino cómo convivimos con las historias que nos contamos alrededor de un plato.

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